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6 de febrero de 2014

ERIK SATIE / Excentricidad al piano y tesoros en un armario


Si tecleas “Erik Satie” en un buscador al azar de Internet, más la mitad de los documentos relacionados harán alusión a su piano de doble pedalera y al armario de la raquítica habitación en la que vivía, ubicada en un suburbio parisino y en la que nadie, salvo él mismo, entró durante casi treinta años. Tras la muerte del compositor francés en aquel vestidor, se encontraron más de media docena de trajes idénticos de terciopelo casi sin estrenar y una colección de cien paraguas. También guardaba entre su escaso vestuario correspondencia privada, una serie de dibujos de los edificios medievales imaginarios que tanto le fascinaban y muchas partituras, casi todas ellas inéditas, pertenecientes a su primer periodo y a la época de su formación en la Schola Cantorum de París. De entre todas esta composiciones destaca Vexations, compuesta en el año 1894 cuando Satie dedicaba prácticamente todo su tiempo a tocar en cabarets. Vexations es una obra para piano de sólo 52 compases, pero que, según las indicaciones de su autor, debía repetirse 840 veces “suave y lentamente”. Suena a carcajada. Sin embargo, consagrado Satie como uno de los más influyentes músicos del siglo XX y como un auténtico visionario en el campo de la música, esta obra fue estrenada en Nueva York en 1963. Al frente, John Cage, que se hizo acompañar para la ocasión por otros nueve pianistas que se turnaron durante las veinte horas que duró la interpretación. Paralelamente, diez críticos musicales del New York Times también hacían turnos en la sala. 


Programa de Vexations y noticia publicada en 1963


Esta anécdota es sólo una de las muchas que acompañan a la vida de Satie, cuya imagen casi monacal con traje, paraguas, pequeñas gafas redondas y sombrero hongo ha llegado hasta nuestros días gracias a multitud de retratos, autorretratos y fotografías. El espíritu bohemio, la fantasía, el humor socarrón, la actitud dadaísta y el poco aprecio por lo convencional son también rasgos que acompañan a la vida y a la obra de este músico al que el diario “La Vanguardia” definía en 1890 como “un compositor con asomos de poeta”. De hecho, España es uno de los países que antes vislumbró la genialidad de Satie. El escritor y pintor Santiago Rusiñol y el pintor Ignacio Zuloaga fueron dos de los amigos españoles de Satie que esbozaron, a finales del siglo XIX, bellos retratos en los que destacaban la fantástica técnica y el toque “oriental” de Sadi, como le llamaban en privado. Sin embargo, el francés nunca visitó España. Como dirá con el tiempo Jean Cocteau, “no le gustaba mover su vino, cuidaba de no agitar la botella”. Y es que Satie no salió de París, prácticamente, en toda su vida. 



Fotografía y cuadros de Rusiñol

Orgulloso pianista de cabaret

Si tenemos que empezar por el principio podemos afirmar sin equivocarnos que Erik Satie (Normandía, 1866- París, 1925) fue un músico precoz. Comenzó a tocar el piano a los siete años y a los ocho recibía clases de órgano en su pueblo. No es de extrañar, entonces, que a los trece se hubiera convertido en un alumno aventajado del Conservatorio de París. Sin embargo siendo adolescente comenzó a despuntar el carácter rebelde e independiente que le acompañaría toda su vida y que le hizo abandonar su formación académica para marcharse al ejército. A su vuelta, apenas unos meses después, sustituyó las clases de música por los locales de Montmatre. Aquí es donde se desarrolló el hombre y también el músico y, de hecho, durante muchos años, Satie se ganó la vida como pianista de cabaret, a pesar de que llegó a afirmar que “el piano, como el dinero, sólo resulta agradable a quien lo toca”. En estos espacios, convertidos en epicentro de las vanguardias culturales del París de entresiglos, es donde Satie entró en contacto con algunos de sus contemporáneos como Debussy o Ravel, compositores de los que tendrá una notable influencia y que se encargarán, con el tiempo, de alabar y difundir parte de su obra. Durante este periodo (1899-1905) Satie compuso algunas de sus obras menos conocidas como Le Picadilly, Légende Californienne o The Dreamy Fish, piezas para cabaret que apenas tuvieron repercusión en su día y que él mismo representaba. Algunos años antes había escrito en su pequeño habitáculo de Acueil las que serían sus obras más famosas: Trois Gymnipédies (1888) y Trois Gnossiiènnes (1890), que hicieron que algunos de sus contemporáneos fijaran su atención en él. 



Convertido ya en un “personaje” de culto habitual de la noche parisina y habiendo forjado una gran amistad con Claude Debussy (las únicas partituras ajenas que Debussy interpretó en su vida fueron de Satie), en 1905 decidió retomar, contra todos los pronósticos, su formación académica, y lo hizo en la Schola Cantorum, una institución que había nacido aquel mismo año con el objetivo de engrandecer la música religiosa. Sus principios como organista y su fascinación por el medievo le llevaron a tomar este camino a pesar de la oposición de la mayoría de sus amigos, que creían que aquella formación cerrada, dentro de cánones tan establecidos, perjudicaría la inspiración del compositor. 

Satie y Debussy

Composiciones escénicas y música de mobiliario

Ocurrió todo lo contrario. La entrada de Satie en la Schola Cantorum supone el despegue de su carrera, que vino acompañado por la fascinación y participación en las incipientes vanguardias del momento. En 1912 son publicadas sus obras humorísticas para piano y también sus escritos “Memorias de un amnésico” y “Cuadernos de un mamífero”, que lo consagran como artista multidisciplinar, y en 1915 conoce a un jovencísimo Jean Cocteau con quien comienza a trabajar las composiciones escénicas del  Ballet Parade. En el estreno de Parade, en 1917, Erik Satie reforzó la orquesta tradicional con elementos “comunes” como una máquina de escribir, dos sirenas de vapor, una rueda de lotería, una matraca, un “botellófono” (conjunto de botellas afinadas según la cantidad de agua que contienen) e incluso un revólver que se disparó varias veces en escena. Sólo hace falta echar un vistazo a los responsables del espectáculo para hacernos una idea de hasta que punto Satie contribuyó en el escenario cultural de aquel momento y en el posterior: Diaghilev (dirección), Picasso (decorados y figurines), Cocteau (argumento), Massine (coreografía) y Apollinaire (redactor del programa de mano). Según algunos cronistas aquella representación, terminó con parte del público muy ofendido y puñetazos en la grada. Y bien pensado, no es de extrañar pues eran muchos los que vieron en aquella obra una provocación hacia la música clásica y la burguesía. 



Con Parade Satie rompe definitivamente con los principios formales arquetípicos. Solemnes pasajes, ligeras melodías de music-hall, fragmentos de canciones populares, valses, fanfarrias, ragtimes, two-step y otras fórmulas jazzísticas se combinan o se suceden sin transición en sus obras. En aquel momento Satie ya había dejado de utilizar las línea divisorias para separar compases.

En 1920 Satie da un paso más allá y se convierte en el creador de la música de mobiliario, o lo que hoy conocemos como música de ambiente. Estas composiciones, según el mismo, eran escritas no para se escuchadas sino para formar parte de una experiencia, de un todo. El día de la presentación pública de su “Musique d’amebleument” en la Galería Barbazanges de París, Satie diseminó a los músicos en distintos puntos de la sala e instó a los asistentes a “charlar, beber y andar” durante la interpretación y a comportarse como si la música no existiese. Parece ser que montó en cólera porque el público se sentó en respetuoso silencio nada más comenzar la ejecución y que el compositor, quizá sintiéndose ofendido, comenzó a  levantar a los espectadores cogiéndolos por las solapas y empujándolos hacia los pasillos. Erik Satie también fue el primero en poner música a una película (Entr’acte, de René Clair), con el mérito especial de que en aquel momento se hacía cine mudo.



Con el paso del tiempo los críticos han asegurado que Erik Satie profetizó, dentro su producción musical, el mayor movimiento en la música clásica que aparecerá en los cincuenta años posteriores a su muerte. En su obra encontramos todos los géneros, todas las variaciones, posibilidades infinitas. Hoy en día, su obra se sigue considerando como una de las más originales y únicas.




22 de noviembre de 2013

ICONOS Y REPRESENTACIONES/ Santa Cecilia, la patrona de nuestras bandas de música


Representación tradicional de Santa Cecilia, junto con el órgano, el laúd y su Ángel Custodio

La música es una de las manifestaciones culturales más antiguas que conocemos. Ha formado parte de la historia del hombre desde sus inicios y es muy difícil establecer su origen. Por eso, son muchos los que aseguran que la música es tan vieja como la propia Humanidad. A lo largo de los siglos, la música ha jugado papeles de todo tipo, siempre tomando roles relacionados con el arte, la cultura y la religión que han ido desde la transmisión de valores educativos a la cohesión social pasando por la creación de una identidad nacional o colectiva, las manifestaciones puramente religiosas o los ritos más profanos. En todo caso si algo deja en evidencia los más de 5.000 años de historia de la música es que ésta es, ante todo, una manifestación cultural  de índole UNIVERSAL. 


Interior Iglesia de Santa Cecilia en el Trastévere romano

Teniendo esto en cuenta, no es de extrañar que las diferentes culturas y civilizaciones hayan personalizado la música en forma de dioses, musas, santos y deidades de todo tipo que son las que le han conferido cierto aura mística y un valor que va más allá de lo mundano y de lo material. De hecho, la música es la forma "natural" del hombre para comunicarse con los dioses, y por eso está presente en sus oraciones, ritos y danzas. En este sentido, y si indagamos en nuestra cultura,  tenemos que hacer una parada obligatoria en una de las figuras consideradas madres de la música y que es, a su vez, una de las que más devoción tienen en la cultura occidental. Se trata de Santa Cecilia de Roma. Su festividad se celebra el 22 de noviembre desde que en 1584 el Papa Gregorio XIII la declara Patrona de la música y de los músicos. Aunque la tradición primitiva cristiana celebrara su festividad el 16 de septiembre, coincidiendo con el día del entierro de la Santa, la iglesia levantada en su honor en el Trastévere, que es a su vez una de las más populares de Roma, mantuvo la tradición de realizar la fiesta de su patrona el 22 de noviembre, fecha que se mantiene hasta la actualidad. 

En toda la geografía española para conmemorar la festividad de Santa Cecilia las Bandas de Música y Asociaciones Musicales realizan conciertos y recitales especiales en los que tanto los músicos consagrados como los nuevos tienen protagonismo. 



¿ Por qué es Santa Cecilia la Patrona de la música según la tradición cristiana?

Según los textos bíblicos, fue el martirio de esta mujer perteneciente a una familia patricia de la Roma del Imperio y su ensalzamiento como mujer cristiana que abrazó la virginidad y sufrió el martirio lo que la convirtió a Santa Cecilia en una de las santas más populares de la Iglesia de Roma. Su relación con la música es un poco más compleja. Según la tradición, Santa Cecilia había decidió entregar su vida a Dios pero su padre decidió casarla con un esposo pagano. Durante la boda y mientras los músicos tocaban, dicen que ella cantaba a Dios en su corazón y que en este canto se le apareció su ángel custodio. La santa reveló a su esposo, Valeriano, que podía ver a su ángel, quien velaba por su virginidad, y le prometió que si él se bautizaba, también podría verlo. Así lo hizo junto con su hermano, Tiburcio. Convertidos los tres, ayudaron a muchos otros a convertirse al cristianismo, lo que originó que fueran durante perseguidos y torturados. Santa Cecilia fue condenada a morir sofocada en su propia casa por los gases de un horno. Desde entonces ha sido una de las mártires de la primitiva Iglesia más veneradas.

El martirio de Santa Cecilia. Escultura en mármol de Stefano Maderno (Año 1600. Aprox.) 
Basílica de Santa Cecilia en Trastévere (Roma)

A partir de la Edad Media Santa Cecilia aparece iconográficamente representada portando distintos instrumentos musicales y especialmente por tres: el órgano, el clavicordio y el laúd.  Esta representación tiene dos motivos: el primero es que es muy probable que Cecilia, por pertenecer a una clase social elevada, tuviera conocimientos musicales y, de hecho, cierta fama y destreza con algunos instrumentos de cuerda típicos de la nobleza romana como el arpa o la cítara; el segundo hace alusión a una parte de las Actas de santa Cecilia, un documento escrito en latín y aparecido en el año 480 y que reflejaba una serie de textos de un códice anterior. Una frase en una de la antífonas (texto breve de carácter litúrgico) de este texto dio pie a entender todo lo que acompaña a la leyenda de Santa Cecilia  y que hemos comentado anteriormente. 

La frase en cuestión es la siguiente:

Candéntibus órganis Cæcilia Dómino decantábat dicens (…).  

La primera traducción que se hizo de esta parte de las Actas es que durante la boda, “mientras sonaban los instrumentos musicales, ella le decía (o  cantaba, de la forma latina canentibus) al Señor...”.  Si cambiamos el genérico órganis (instrumento musical) por el instrumento musical órgano, encontramos que Santa Cecilia canta a Dios con un órgano, lo que la relaciona directamente con sus representaciones posteriores.  



Sin embargo, otro códice más antiguo alude a este misma frase traduciendo candentibus no como sinónimo de cantantibus sino como el adjetivo candente, mientras que órgano (del latino organis) se traduciría no como el instrumento de música sino o bien como un instrumento de tortura, o bien como palabra para referirse a un fuelle usado en aquella época para insuflar fuego. Así, la traducción según el códice sería algo así como “entre las herramientas candentes, cantaba a su único Señor” o bien “mientras estaba el horno al rojo vivo, Cecilia cantaba al Señor diciendo”, dejando claro, en ambos casos, que en ese momento no se hace alusión a la boda sino al martirio de la Santa. El problema de confusión  es que el copista pudo transcribir algunas palabras mal del códice original a las Actas. 

En todo caso, la vinculación de Santa Cecilia con la música va más allá de este momento concreto de su vida, de una fecha o de posibles traducciones erróneas, y es aquí donde sale a luz un concepto mucho más profundo que todo músico y amante de la música entiende. Si algo resalta de la vida y muerte de Santa Cecilia es su compromiso y su virtud. La virtud está directamente relacionada con el virtuosismo y por lo tanto, con la ejecución virtuosa, que proclama a la música como quitaesencia de las artes y que es el objetivo final de todo compositor, director, músico o intérprete.